“¡No a las multas!”: notas sobre la economía política del transporte en Lima

Ayer, luego de una campaña en redes sociales que llegó a varias programas de televisión y radio de Lima, el ministro del Interior Wilfredo Pedraza suspendió la aplicación de multas por exceso de velocidad en Lima. La campaña empezó hace apenas 13 días, cuando se creó una página de Facebook para alertar a los conductores de la presencia de policías con cámaras de velocidad. En menos de dos semanas, la página llegó a tener más de 35,000 seguidores y, a través de la propagación en TV, a eliminar –o al menos suspender– la política pública a la que se oponía. ¿Qué explica este éxito tan rápido?

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Una explicación podría ser que la implementación de las fotopapeletas estuvo mal hecha, y era cuestión de dejar eso en evidencia. Los testimonios de conductores que argumentan que fueron multados en lugares donde la señalización estaba mal colocada ayudaría a sostener esta posición. Sin embargo, la aplicación de las multas a peatones es bastante más cuestionable, y ya tiene casi cuatro años de vigencia. Estos cuestionamientos, sin embargo, nunca fueron presentados en televisión, ni hubo peatones organizados para mostrarlos. ¿Por qué los conductores sí lo lograron?

Hay múltiples grupos de actores con distintos niveles de interés e influencia en la planificación del transporte en Lima (usuarios, operadores, constructoras, ONGs, Estado, entre otros). En este post trato de responder de forma tentativa a la pregunta formulada arriba analizando el rol de solo un sub-grupo que es parte de la economía política del transporte en Lima: los conductores.

Una forma de explicar que los conductores se organicen rápidamente en torno a una agenda es que los conductores eligen ser conductores. Lo usual en Lima es caminar y usar transporte público. Comprarse un auto es una decisión, presumiblemente tomada porque la persona que lo compra valora más que las demás su tiempo de viaje y comodidad. Estas personas estarían más interesadas en proteger sus intereses con respecto a sus viajes por la ciudad que personas que los pasajeros, ya sea apoyando la construcción de nuevas autopistas, o movilizándose en contra de multas. Pero sería ingenuo pensar que lo que diferencia a los conductores de los no conductores es solo esa decisión, como si todos pudieran tomarla. En realidad, la gran mayoría de los limeños no tiene dinero para comprar un auto. Pero cada vez más limeños tienen uno, lo que hace que el grupo se pueda volver cada vez más poderoso. Esto nos lleva al segundo punto: el poder de clase.

Los conductores en Lima son, aproximadamente, el 15% más rico de la ciudad. Este es un cálculo algo ligero, pues algunos de ese 15% no tienen un auto y algunos del otro 85% sí tienen uno. Pero esas son excepciones. Prácticamente en cualquier parte, pero especialmente en una sociedad profundamente desigual como la peruana, pertenecer a la clase alta o media brinda muchos privilegios, como el acceso a recursos que no son tan disponibles para las mayorías. En este caso, el principal recurso fue el acceso a varios programas de televisión y radio, lo cual nos lleva al tercer punto.

La indignación canalizada por los conductores hacia la policía aplicando multas por exceso de velocidad no cuestiona discursos dominantes en medios de comunicación. Es común ver reportes en medios informando de forma positiva sobre el aumento en las ventas de autos. Dado que este suele ser una consecuencia del crecimiento económico, la mayor presencia de autos en las calles de Lima es vista como un símbolo de progreso. En ese contexto, no sorprende que una campaña que culpa a las autoridades de abusar de estos vehículos de progreso tenga acogida en la televisión limeña. El discurso de los conductores movilizados encaja perfectamente con los discursos dominantes.

El contraste con las multas a los peatones es evidente. Cuando empezaron a aplicarse, en noviembre de 2010, reporteros salieron a las calles informando de forma positiva sobre la nueva política. Antes y después de eso ha sido común ver también en la prensa reportes culpando a los peatones de los accidentes de tránsito, y en la televisión a reporteros haciendo preguntas algo tontas a peatones cruzando la pista con la intención de dejarlos en ridículo. Los conductores son invitados a la televisión a dar su versión como víctimas. Los peatones, en cambio, son mostrados como “imprudentes” que perturban el tráfico de esos mismos conductores. Las diferencias de poder, de clase y de “raza” entre los conductores y los peatones que aparecen en TV es evidente. Y el hecho de que en los accidentes fatales en Lima el vehículo involucrado suele ser un auto privado, la víctima suele ser un peatón, y la causa suele ser el exceso de velocidad es pasado por alto.

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