Tengo varios motivos para marcar NO este domingo, pero me voy a concentrar en uno. La reforma del transporte es una de las políticas más importantes del actual gobierno municipal y una de las que he seguido más de cerca. Como ya he explicado en otro post, esta reforma consiste principalmente en retomar el control sobre las rutas; reemplazar el sistema comisionista por uno en el que los empleados trabajen por horas y salario; e introducir buses nuevos, más grandes y menos contaminantes. He sido muy crítico de algunas de las políticas de transporte del gobierno actual –y creo que es un error incluir discursivamente la construcción privada de autopistas como parte de la reforma del transporte– pero reformar el sistema de transporte público es uno de los principales méritos de la gestión de Susana Villarán.
Los cambios son importantes por varios motivos. En primer lugar, el sistema de transporte público será más eficaz en varios niveles si se logra eliminar la “guerra del centavo”. Las unidades no competirán entre ellas, lo cual reducirá el riesgo de accidentes. La jornada de trabajo será más corta, lo cual no solo hará que los viajes son más seguros, sino que es parte de un paquete de mejoras laborales, uno de los motivos por los que los sindicatos de transportistas apoyan la reforma. Además, los tiempos de viaje se reducirán debido al número menor de paradas (o al menos los horarios serán más predecibles, especialmente en las rutas que son actualmente menos reguladas).
En segundo lugar, el control más centralizado de las rutas (la “racionalización” de las rutas) también tendrá ventajas. Desde los 90s, la aparición y mantenimiento de rutas se dejó principalmente al mercado: alguien proponía una ruta, y la municipalidad solía aprobarla. Esto tenía aspectos positivos: el transporte público se volvió más flexible y “sensible” a los cambios en los patrones de ocupación del suelo, contribuyendo a que prácticamente toda la ciudad sea accesible. Sin embargo, este sistema también trae problemas. La relación entre ocupación del suelo y oferta de transporte es bidireccional, y al ceder el control sobre las rutas el Estado también cede cierto poder para planificar el espacio. Para construir una Lima mejor es clave que el Estado asuma un rol más importante en la planificación de la ciudad. Por ejemplo, tener mayor control sobre las rutas permitiría generar información sobre demanda de viajes y podría ser un primer paso para crear nuevos corredores segregados de transporte en las rutas más usadas. Además, permitiría integrar políticas de transporte con políticas de usos del suelo.
En tercer lugar, la introducción de buses más grandes y nuevos también tiene ventajas. El espacio usado por cada pasajero será menor, lo cual contribuirá a reducir la congestión, especialmente en los corredores dominados por el transporte público más que por el privado. Además, viajar en bus será más cómodo de lo que es ahora y la contaminación producida por el transporte público será menor. Si la reforma es exitosa y este conjunto de cambios funciona, la velocidad a la que la clase media está dejando de usar transporte público para pasar a privado seguramente se reducirá.
Pero uno de puede preguntar: ¿por qué es necesario que se quede Susana Villarán para que esto ocurra? Si la reforma ya empezó, ¿no la puede continuar el siguiente gobierno?
En ciudades en otras partes del mundo, como Norteamérica y Europa, las áreas metropolitanas suelen tener una oficina regional de planificación que se encarga de planificar el sistema de transporte (y a veces otros aspectos de la ciudad). En parte, la idea de estas oficinas es “despolitizar” la planificación. Si se crea una oficina semiautónoma, se supone que se podrá trazar metas que vayan más allá de los cambios de gobierno, dirigidas por “técnicos” y con menos injerencia de los políticos electos. Esto también tiene desventajas, por supuesto. La planificación es en sí política, y “despolitizarla” en realidad retira el poder de los votantes para dárselo a “técnicos”.
El caso es que Lima no tiene una oficina como esta (al menos no una con poder), y la planificación del transporte depende directamente de quien esté a cargo de la municipalidad (y del MTC): los directores de las oficinas de transporte (GTU, Protransporte, CicloLima) son elegidos por la alcaldesa, y suelen cambiar cuando cambia el gobierno. La continuación de esta reforma, a cargo principalmente de la GTU y de Protransporte, depende pues de la continuidad del gobierno.
Los costos políticos de emprender esta reforma, además, son altos. Los actores que pierden con el cambio (empresarios cuyo negocio depende del sistema actual) son muy poderosos. Suelen intervenir en las elecciones municipales, ya sea como candidatos a regidores o financiando campañas, y de hecho uno de sus principales líderes, Julio Rau Rau, apoya la revocatoria. La municipalidad ha estado negociando con los gremios de empresarios de transporte, y el fracaso (¿o éxito parcial?) de los paros de transportistas parece indicar que estas negociaciones van por buen camino.
El poder de estos empresarios disuadió a los alcaldes anteriores de emprender una reforma como esta. Una solución, planteada por Alberto Andrade y ejecutada por Luis Castañeda, consistió en crear un sistema paralelo, el Metropolitano, que no requería intervenir directamente en la regulación del transporte “tradicional”. Incluso se creó una oficina nueva, Protransporte, para que la regulación no esté a cargo de la oficina encargada del transporte “tradicional”, la GTU. Más aun, el único aspecto en el que el Metropolitano requería una intervención en el sistema de transporte vigente, el retiro de rutas paralelas, fue dejado de lado por la gestión anterior. Aunque durante el gobierno de Castañeda se firmó un contrato que obligaba a la municipalidad a retirar rutas cuyo trazo coincida con el Metropolitano, fue recién durante la gestión actual que se intervino sobre esas rutas, en el marco de la reforma del transporte.
Ahora que la reforma está en marcha, sin embargo, podríamos pensar que sería lógico que sea continuada por el próximo gobierno. Esto es probable, pero no tenemos la certeza de que ocurra. Por un lado, si hay nuevas elecciones es muy probable que Luis Castañeda sea electo, y él en sus tres periodos no intentó cambiar el sistema de transporte. Los costos políticos, además, siguen siendo altos, y los actores con los que hay que negociar (o excluir) son poderosos. Por otro lado, la reforma, aunque está avanzando, no tiene muchos resultados visibles: los nuevos buses aún no circulan y los trabajadores siguen bajo el sistema comisionista. El costo político de detener la reforma en estos momentos, pues, podría no ser muy alto.
Una pregunta lógica es por qué, si es tan costoso políticamente hacer esta reforma, Susana Villarán asumió el liderazgo. Creo que ese tema merece un análisis mucho más profundo del que puedo hacer aquí. Quizás fue porque era una de sus promesas electorales y también sería costoso no cumplirlas, o porque reunió a técnicos que creían en un cambio en el sistema, o porque resulta que no era tan costoso como se creía. O quizás algún otro motivo que no se me ocurre en este momento. Pero el punto es que la continuidad de esta reforma, muy importante para los limeños, depende de que Susana Villarán se mantenga en el cargo. Un motivo de peso para marcar NO este domingo.





