Recientes políticas urbanas en Lima apuntan a “erradicar” la informalidad. Siguiendo un discurso muy recurrente en medios, los gobiernos locales han buscado intervenir en actividades informales, ya sea desapareciéndolas o formalizándolas. Lo vemos en los constantes desalojos de ambulantes y en las mayores restricciones al uso de medios informales de transporte, como mototaxis y taxis colectivos.
Sin embargo, hay otros tipos de informalidades. Estos usos informales del espacio urbano, no practicados por personas de bajos ingresos como las anteriores, sino por las clases media y alta, no han recibido la misma respuesta ni de parte de la prensa ni de las autoridades. Por ejemplo, construcciones en los acantilados y en las playas de Barranco y, ahora último, el uso de un parque público, el Campo de Marte, para la feria de comida Mistura, que no respeta los parámetros de zonificación del parque.
Refiriéndose a la informalidad, Ananya Roy ha escrito que
“La fragmentación del urbanismo no se produce en la fisura entre la formalidad y la informalidad, sino más bien, de una manera fractal, dentro de la producción informalizada del espacio. La urbanización informal es tanto el alcance de los residentes urbanos ricos como lo es de los habitantes de barradas. Estas formas de informalidad urbana –de las granjas de Nueva Delhi a las nuevas ciudades de Calcuta y a los centros comerciales de Mumbai– no son más legales que la barriada metonímica. Pero son expresiones de poder de clase y por lo tanto a ellas les sigue la infraestructura, los servicios y la legitimidad. Más importante aún, llegan a ser designadas como “oficiales” por parte del Estado, mientras que las otras formas de informalidad siguen siendo criminalizadas.” (Roy, 2011)
Roy se refiere a las barriadas (‘slums’) indias que, a diferencia de las peruanas, están en constante amenaza de desalojo. Sin embargo, su lógica bien puede servir para entender la diferencia con que el Estado enfrenta los distintos tipos de informalidad en Lima. Al poder de clase, además, habría que agregar una lógica nacionalista y “modernizante”, bajo la cual ciertos usos informales no solo no son tratados como tales, sino que se toleran y se promueven debido a que sirven para “perseguir un bien mayor.”
Según esta lógica, promover la comida peruana en formatos accesibles para las clases medias y altas contribuye a alcanzar ese bien mayor, por lo cual las informalidades de Mistura deben ser toleradas. Quien hasta hace unos meses vendía hígado frito en la avenida Túpac Amaru, en cambio, incurría en una actividad informal que no era aceptable, y tuvo que ser desalojado.


